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Ocupar el vacío se vale de la ilusoriedad de los espejos, para interpelar un diálogo con la condición visual, con la que acordamos que lo que vemos es real. Así pues, la exposición se apropia de la espacialidad y del accionar del espectador, para contrastar el acto no sólo de ver, sino también el de ser visto de manera reciproca, como en una suerte de duplicidad que se focaliza en los códigos de una lectura que hay que descifrar; estadísticas y residuos textuales, se convierten en pistas para llenar un vacío, un acertijo que se vuelve ojos de vitrina, iceberg de un naufragio óptico, que hace foco en las paradojas de un espejo, que no es más que la refracción de leer y ser leído.  Por otra parte, una división espacial proyecta en un muro negro, la confrontación de una idea de absoluto: algoritmo, fórmula, cantidad, unidad mínima, en un sumario de letras de diferentes estadios de pensamiento, que se juntan para hacer un retrato colectivo; retrato que hace de la grafología un dibujo de la imagen, un texto conceptualizado que deletrea nuestras contradicciones y que pone cara a cara una conversación en torno a nuestras A – firmaciones.   Finalmente, ocupar el vacío “refleja una mirada indirecta” a la idea de “lleno”, utiliza antagónicamente el inventario de facturas de supermercado, que develan la satisfacción de lo adquirido, como lienzo de imágenes de estantería, que discursan sobre la misma naturaleza económica, pero que, al ser vaciadas con el ejercicio pictórico y el retórico blanco, anulan la acción de un consumo sobrevalorado. El proceso creativo de esta exhibición intenta conectar la simultaneidad de diferentes puntos de vista, donde el discurso de la obra es la obra misma y viceversa, donde el espectador es observado como parte de la obra y en la medida que se integra en el diálogo, se cuestiona de qué lado del espejo está; de qué lado de la pregunta está.  
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